30 nov. 2008

El super hombre de Occidente


Los gritos, cantos, sentencias de apoyo y rechiflidos se escuchan en todo el recinto deportivo. Está sobre saturado, gente por los pasillos que no le importa los empujones y pisotones, es más, ni atención le prestan la situación, apenas es posible avanzar entre pasillos. Hay gente que desde el inicio de la justa deportiva no se ha sentado, todos expectantes ante el posible triunfador y perdedor. Las personas por momentos pasan por colapsos, unos pierden el control, estos desmayan y aquellos rezan por su ídolo. En medio de aquel impactante escenario están dos hombres. Uno, convertido en el posible ganador que ha tenido la fortuna de ser un “pura sangre” del boxeo –o sea, tener las aptitudes y recursos–. Otro, convertido en el posible perdedor que nació y creció como un “promedio” y ha llegado a la final del campeonato mundial de boxeo.

Después de 15 rounds y cada uno haber recibido una tunda mutua, los dos siguen de pie dispuestos a “darlo todo” por ganar. El uno lanza con fuerza bestial un misil de su puño y el otro esquiva contundentemente para después pegar con más fuerza del espíritu que de los músculos. Caras sangradas, moreteadas, cortadas, deformadas y con una mueca de dolor; cuerpos musculosos ensangrentados y sudorosos; la gente gritando cada vez más para exaltar el coraje de su “gallo”. Se lanzan el uno contra el otro por el último asalto que podría ser decisivo para su futuro, sus cuerpos son sostenidos por la motivación de ganar.

La escena y su simbolismo pueden sernos parecidos e incluso conmovedores. Cuántas veces hemos experimentado el deseo de ser como aquella persona que a pesar de las adversidades llega a dónde se lo propuso. Cuántas veces hemos experimentado situaciones en las que nos sentimos parecidos a aquellos “luchadores de la vida”. Cuántas veces hemos experimentado la admiración por aquella sombra musculosa que lleva a su cuerpo al máximo y su mente es más recia, conforme avanza su contienda. Me parece que en algún momento, la inmensa mayoría nos hemos sentido identificados por nuestra suma occidentalización.

Cualquier diría que es la escena (arriba relatada) de una película norteamericana u occidental. La escena pertenece a la película “El luchador” (Cinderella man) es una película basada en una historia real de una boxeador norteamericano. Comienza con un hombre que boxea desde joven llamado James J. Braddock, justo a las 80 peleas profesionales (y 50 amateurs) pierde y queda relegado como futuro boxeador estrella en 1929 frente a Lewis. En 1933, sin empleo y con peleas amateurs se lesiona múltiples ocasiones, y dadas las condiciones de empleo siempre va en busca de trabajo en el muelle cerca de Nueva Jersey pero no todos los días es escogido –la demanda es alta y se escoge cada día distintas personas–. Él y su familia sufren hambre, y pobreza por las precarias condiciones del país.

Un día, su ex representante lo ve en tan malas condiciones que le consigue una única pelea por la cantidad de 250 dólares por ser el paquete de uno de los mejores boxeadores en el mundo. Sorprendentemente, gana la batalla pero eso es todo, su carrera como profesional ha terminado (momentáneamente) y ahora deberá comenzar a sufrir en poco tiempo por el escaso empleo. Es tan sorpresivo su triunfo que le ofrecen otra lucha (al fin, es carne para el negocio) y gana una tras otra de sus batallas recuperando todo lo perdido, aun con su relativa vejez en el cuadrilátero, su poca preparación física y el pesimismo de los apostadores. Y el final, deben conocerlo, lucha por su familia, sus amigos, sus admiradores y porque le gustan las adversidades y nunca pierde la esperanza, lo que da una fórmula ganadora.

Ahora, después de la historia viene el análisis, la película es más que obvia con respecto a resaltar “lo americano”, o sea la identidad de la región que trata de defender y diferenciar su propia cultura y excluir a aquellos que no piensan conforme su cultura. La historia se desarrolla entre los años 1929 y 1933. El año de 1929 se distingue por la gran depresión –la mayor crisis financiera hasta ahora conocida– que ocasionó una ola de malestares sociales del país. Braddock pierde todo en esa crisis y lo lleva al fracaso total pero conforme avanzan los años se va recuperando, la nación se encuentra en progreso –entendido progreso o mejorar como el término en la filosofía regional como alcanzar una posición prominente, buen salario, ser amado, atendido, importante y admirado–. La película hace una analogía con el héroe y los Estados Unidos. Braddock como representante y reencarnación indiscutible del buen norteamericano –o sea, del occidental que todos llevamos dentro– y EUA como el espectro que representa todas esas buenas características –“que el resto del mundo envidia”–.

Un evento importante, es la presentación de dos personajes. Uno, Braddock, el super hombre americano con sueños, esperanzas y fortaleza; y otro, su amigo, el miserable lleno de desesperanza, escepticismo y debilidad. “Casualmente”, el miserable vive siendo un borracho, golpeador de su familiar y apostador. Finalmente, muere por “revoltoso” – lo que significa ser comunista o cualquier otro tipo de persona distinta a la dominante– y el boxeador que viviendo como un buen hombre, que ama a su familia, que se preocupa por ella, no apostador, no alcohólico, no violento y demás características que el imaginario colectivo absorbe como lo “mejor” o lo “bueno”, ya que, nunca perdió la esperanza en “la nación”, vivirá con todo lo que deseo en la pobreza.

La película indudablemente maneja una dicotomía característica de nuestra época “lo bueno y lo malo”. En la prehistoria (paleolítico), encontramos una nula conciencia y racionalidad, el humano era parte de la naturaleza y la naturaleza de él. En la antigüedad, se habló de una filosofía de vida dominada por el sincretismo “lo bueno y lo malo como partes fundamentales de la vida”, los tonos grisáceos predominaban. Y el devenir de la historia crea una polarización de los dos términos. Para la película –y sociedad occidental–, quién está con el sistema, lo apoya y respeta obtiene su recompensa –no importando que el sistema sea quien pone obstáculos–. El único que es capaz de hacerlo es el ciudadano norteamericano porque son los “buenos” y los “otros” deberían aprender de ellos.

Se nos muestra una sociedad bastante dogmática que creen estar con Dios y por lo tanto merecedores de “lo bueno” y “lo mejor”. Hay un momento en el que James está a punto de no creer más en Dios pero su esposa lo hace recapacitar y lo consuela diciendo que Dios nunca los abandonará. Y para el director (Ron Howard), así pasa. Los parroquianos y admiradores quienes ven en James su reencarnación –todo lo que ellos desean y aun no alcanza por falta de coraje–, acuden a las iglesias a rezar para que gane el campeonato mundial.

Esta pequeña recopilación de la personalidad de nuestros vecinos no debe ser entendida como un estereotipo sino como una aproximación del pensamiento colectivo y que es la base de su hegemonía, organización y formación de la estructura actual, la cual tiende (como todas) a excluir y diferenciarse.

José Angel Ramírez Hernández
13 de octubre de 2008; Cd. Nezahualcóyotl.

1 comentario:

Gibrán R.R. dijo...

Ni crónica ni análisis compa, chéquele a la redactada.