6 abr. 2009

El hambre es canija (el que la aguanta más)


El fuero para el gran ladrón,
la cárcel para el que roba un pan
Pablo Neruda

(En un país donde todo acto delictivo, cometido por la clase baja, debe ser criminalizado –“sepa cual sea”– y castigado con todo el rigor de la ley porque para eso existe. Claro que las medidas tomadas por las autoridades “competentes” son totalmente fundamentas. El alto índice delictivo y la alta penetración de la subcultura que ve al robo como medio seguro de trabajo, incrementa los problemas de “aquel” país. Para ello existen radiografías sociales que permiten conocer el origen de los problemas, hay que analizar los pasajes diarios.)

Calles pequeñas y sinuosas corren de arriba a abajo, se entrecruzan y tuercen, acabando por perder al visitante lego. Calles anchas que sirven de hogar para pequeños comercios, donde el tráfico de autos y personas puede volverse insoportable para el pueblerino acostumbrado a la tranquilidad. Y callejones que pueden alertar a la persona con desconocimiento de la zona por la creciente inseguridad. Las zonas “céntricas” tienen alumbrado público que de vez en cuando prende, a causa de la poca puntualidad en los pagos por parte del gobierno local. Los diez policías que resguardan la colonia de 2,000 habitantes, apenas son suficientes para cuidar los negocios de mayor envergadura –quienes son dueños los caciques y políticos locales–. Por toda la zona pueden verse personas con un semblante “poco atractivo” –dirían los amantes de la “belleza”– como vagabundos acarreando basura, bebiendo de una pequeña jarrafa –“¡sabe qué!”– o durmiendo en la banqueta; señores y señoras con golpes en la cara y poca condición física; niños con enormes panzas y extremidades delgadas; ancianos que en su lento andar se arquean sus piernas y necesitan de un bastón; toda la población local sufre de la ineficiencia de los servicios estatales, no tienen suficiente agua, las calles no están pavimentadas, los agentes clínicos vienen a esta zona cada mes –“no los vayan a asaltar”–, la escuela primaria más cercana está a un kilómetro, las viviendas están hechas de láminas, cartón, hule y demás cosas que encuentran, se ubican en zonas de alto peligro como barrancos, el trabajo de los lugareños lo tienen a cuatro o cinco horas en una metrópoli, donde la paga es mala y la explotación mucha. Vaya, en pocas palabras está de la fregada la situación.

De pronto, por una venta improvisada, que en realidad es la ruptura de una lámina con un periódico del 2000, se escuchan los gritos de una mujer casi histérica diciéndole a su pareja: hijo de la chingada, lárgate a trabajar que no hay pa´comer, los chamaquitos necesitan qué comer, tú siempre briago, ¡cuándo no!, pos si ya bien me lo decía mi mamacita, no ves que tenemos hambre, cabrón, no te da vergüenza que andemos hambrientos, me da asco venderme por unas monedas y acabando las frases, paso del sollozo al llanto cuasi novelesco. Él salióse a la calle encabritado a vagar por la colonia para pensar y ver si alguién le invitaba unas cheves, no encontró a algún conocido. No le quedo de otra que regresar a su humilde casa a ver qué caran le ponían, quizá lo corran o sólo le griten y recriminen algunas cosas pero podrá dormir en un lugar “decente”.

Al día siguiente, nuestro personaje fue afortunado, ya que sólo discutió un poco con su esposa y se puso medio loca pos la puse en su lugar como vieja que es y la neta le traiga ganas pos me la eche, al fin es mi mujer y tiene la obligación de hacerlo, aunque ella no quiera, na´más faltaba eso. Y, decidido a vivir con un pan en la boca, viajó cuatro horas para llegar al centro industrial más cercano, pero las empresas en estos días no necesitan personal, el jefe del departamento de recursos humanos sólo lo miro despectivamente y dijo: no cubre el perfil maik, lo siento. Sólo salió y con lo que le había sacado de dinero al pelos, veinte pesos, le alcanzaba para pagar el viaje a la ciudad, quizá tenga más suerte allá, se dijo. Tenía que viajar una hora más para llegar, arriesgándose a no encontrar empleo y vérselas negras para regresar al hogar. En la gran ciudad recorrió varios locales, edificios, casas, bodegas, etc., en todos encontró la misma respuesta: no necesitamos gente, o un, no estés molestando. Por su andamiaje la gente lo veía de abajo a arriba, trataban de no acercarse –“no vaya a ser un ratero”– u olerlo –“¡qué feo huele!”–. Al final del día, lo único que tenía era un dolor de pies, hambre y la preocupación por no saber como regresaría a casa –“tendré que dormir por ahí y aguantar como los machines”, se sentenció–.

La mañana siguiente se despertó con un frío tremendo y corrió a algún puesto de tamales cercano, lo que acaeció la heladez de su ser pero aumentó la necesidad de satisfacer su hambre –“ni pedo, sólo viendo”, se dijo–, cuando el sol había salido y era fuerte, sin mencionar que el de los tamales se había ido, comenzó la friega de encontrar chamba. Ocurrió lo del día siguiente y se sentía débil, tan débil que ya no era capaz de caminar tan rápido y por tanto tiempo. Así, en busca de un lugar para pasar la noche vio abierta una rosticería pero no había con qué comprar el apetitoso pollo. Siguióse su camino y frente a él caminaban una señora regordeta con una niña de apenas diez años, la señora tenía una bolsa de la cual salían a la vista un baguette, un paquete de pan integral y una lechuga, todo acabado de comprar se veía fresco y para un moribundo un suculento banquete. Le parecieron una presa fácil, la señora ni en sueños podría alcanzarlo, era débil debido a su gordura y la niña si se ponía terca un golpe bastaría. Observó la calle, unos metros adelante estaba desolada y oscura, mientras en la retaguardia no había quién los siguiera. Se decidió a lanzarse por aquella bolsa, la tomó por la parte de abajo y la jaló con toda la fuerza que le quedaba, la señora y la niña comenzaron a gritar con desesperación pero nadie se encontraba para auxiliarlas y aunque hubiera habido personas raramente hubieran tomado partido en la situación. Corrió hasta una calle oscura y un tanto lejana, se metió en un boquete de una jardinera y ahí abrió rápidamente la bolsa y comenzó a devorar todo lo que había podido robar, hasta saciarse, lo cual sólo sintió hasta terminar todo lo que había en la bolsa. Y en ese momento se dijo: pos también me costó trabajo, que no.

(Ahora conocemos la historia de un personaje que se formó en un contexto social, donde la miseria es el apellido paterno y la desesperanza el materno, pero ¿qué sucedió con todas aquellas personas que siguieron viviendo en la colonia?, ¿acaso el proceso social puede repetirse?, ¿podemos echarles la culpa de la inseguridad?, ¿podemos culpar a los asaltantes de pertenecer a una subcultura que exclama el hurto como medio de sobrevivencia? Creo que la pregunta correcta es: ¿dónde está esa clase media comprensiva, inteligente, madura, etc.?, ¿acaso está de viaje por Europa; en un spa relajándose; vistiendo marcas de prestigio; jugando en el internet, plei esteshion o alguna de esas cosas que los embrutecen? Por favor, díganme, qué, está(n), haciendo, ¿reclamando?)
José Angel Ramírez Hernández
05 de marzo de 2009; Cd. Universitaria, México, D.F.

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